DEJUSTICIA - La desigualdad que atraviesa las vidas de activistas del sur global en la pandemia
DEJUSTICIA
Descargar PDF
Disponible
Detalles
- Título
- DEJUSTICIA - La desigualdad que atraviesa las vidas de activistas del sur global en la pandemia
- Autor
- DEJUSTICIA
- Categoría
- Doctrina
- Área del derecho
- Constitucional
- Año
- —
La desigualdad pandémica Relatos de la sociedad civil del Sur Global Cole cción Dejueticia LA DESIGUALDAD PANDÉMICA RELATOS DE LA SOCIEDAD CIVIL DEL SUR GLOBAL La desig ualdad pandémica Relatos de la sociedad civil del Sur Global Jessica Corredor Villamil y Meghan L. Morris Editoras académicas Belique, Ana La desigualdad pandémica. Relatos de la sociedad civil del Sur Global / Belique, Ana, Mary Louise Dumas, Precious Eriamiatoe, Sana Farrukh, Neha Kurian, Natalia Mendoza Servín, Adebayo Okeowo, Jennifer Peralta, Cristián Sanhueza Cubillos. -- Bogotá: Editorial Dejusticia, 2020. 83 páginas; gráficas; 24 cm. -- (Dejusticia)
ISBN 978-958-5597-54-9
1. Desigualdad 2. Covid-19 3. Sur Global I. Tít. II. Serie.
ISBN 978-958-5597-55-6 versión digital 978-958-5597-54-9 versión impresa Diagramación Marta Rojas Traducción al español y revisión de textos: Sebastián F. Villamizar Santamaría Cubierta Alejandro Ospina Impresión Ediciones Antropos Ltda. Primera edición Bogotá, Colombia, diciembre 2020 Este texto puede ser descargado gratuitamente en http://www.dejusticia.org Creative Commons Attribution NonCommercial-ShareAlike 4.0 International License. Dejusticia, 2020 Calle 35 No. 24-31, Bogotá D.C.
Teléfono: (+57 1) 608 3605
www.dejusticia.org
Contenido Introducción 8 Capítulo 1 Dejar las luces prendidas durante la pandemia de la Covid-19 en Nigeria 18 Adebayo Okeowo (Nigeria) Capítulo 2 El privilegio de la cuarentena en Chile 24 Jennifer Peralta (Venezuela) Capítulo 3 ¿No hay coronavirus en Nigeria? 30 Precious Eriamiatoe (Nigeria) Capítulo 4 La virtualidad: un arma de doble filo en tiempos de la Covid-19 38 Natalia Mendoza Servín (México) Capítulo 5 Invisibles ante la pandemia de la Covid-19 en República Dominicana 44 Ana María Belique (República Dominicana) Capítulo 6 Entre la Covid-19 y la horca: Los prisioneros con enfermedades mentales en Pakistán 52 Sana Farrukh (Pakistán) Capítulo 7 La autodeterminación: La resiliencia propia de las comunidades indígenas 60 Mary Louise Dumas (Filipinas) Capítulo 8 Covid Mahamaari: Las experiencias de base en Kerala, India 68 Neha Miriam Kurian (India) Capítulo 9 La desigual pandemia 74 Cristián Sanhueza Cubillos (Chile) Autores 82
VOLVER A TABLA DE CONTENIDO
Introducción Jessica Corredor Villamil y Meghan L. Morris 9 nóiccudortnI
I. Perspectivas de la desigualdad pandémica Durante las primeras semanas de la pandemia, en los medios de comunicación y en las redes sociales empezaron a surgir los anuncios. “Esta es una oportunidad para conocerte”, algunos sostuvieron, o, “para entrenar más”, “cocinar mejor”, “aprender algo
nuevo”. Nuestros propios colegas abogaron por abrir librerías durante la cuarentena porque era el momento ideal para leer con todo ese tiempo libre. Leímos estos mensajes casi siempre al final del día cuando sentíamos que habíamos fracasado en todo lo que nos importaba a nosotras: el trabajo, la crianza, el activismo, el apoyo a nuestras comunidades y familias. Si aprendimos algo en estos largos meses de cuarentena fue a hacer malabares con el tiempo. Como mujeres, madres de niños pequeños, investigadoras y defensoras de los derechos humanos que trabajan por la justicia social, para nosotras el periodo de confinamiento ha estado marcado por la falta de tiempo —para ser madre, para trabajar por la justicia social, para seguir en las labores de investigación y activismo— y una suerte de cansancio mental que se volvió costumbre. Pero esta misma forma de cansancio es un privilegio en sí misma. Tenemos nuestros trabajos, un techo sobre nuestras cabezas y comida en la mesa para nosotras y nuestros hijos. Estamos escribiendo este texto desde la comodidad de nuestro hogar, con la certeza de que el salario que recibimos por nuestro trabajo seguirá llegando a fin de mes, con la tranquilidad de poder quedarnos en casa sin exponernos cuando el miedo al contagio sigue vigente para una gran parte de la población, especialmente para quienes deben dejar sus hogares para trabajar y poder alimentar a sus familias. 10 sirroM .L nahgeM y limalliV roderroC acisseJ Esa seguridad que tenemos unos pocos contrasta con la incertidumbre de millones de personas alrededor del mundo. Como por desgracia ya se nos volvió costumbre, los efectos de la pandemia se han hecho sentir de forma más aguda en los sectores más vulnerables de la población: los trabajadores informales que sobrevivían gracias a la economía de subsistencia y se quedaron sin sustento de un día para otro, las mujeres encerradas con sus agresores, los migrantes que deben regresar a pie a sus países, las poblaciones que viven en situación de pobreza y se enfrentan a la precariedad del sistema de salud. Y la lista continúa. Algunos llamaron al virus como el “gran igualador” por su supuesta capacidad de infectar a cualquier persona en su camino, sin importar su riqueza o posición social. Pero de hecho, el virus expuso las profundas líneas divisorias de nuestras sociedades, pues la pandemia se encontró con las formas existentes y crónicas de desigualdad racial, económica y social. Esto generó una distribución ampliamente desigual del sufrimiento tanto del virus mismo como de sus distintas formas de devastación social y económica que llegaron a su paso. En Colombia, el hambre y el desespero por no poder salir a “rebuscar” el sustento diario se cristalizó a través del movimiento de los pañuelos rojos, que las personas a quienes les faltaba comida y sustento colgaban en sus puertas y ventanas. La iniciativa, que surgió como un llamado de auxilio y solidaridad, rápidamente se convirtió en un símbolo de protesta por la extrema situación de desigualdad y pobreza en la que viven millones de colombianos. Al final, este movimiento también mostró la amplia insuficiencia no sólo de las ayudas del Estado, sino también los límites de nuestras propias formas de trabajar. Las organizaciones que brindan alivio y hacen trabajo de incidencia en torno a las desigualdades
estructurales sólo pudieron llegar a la superficie del problema. Cuando nos comunicamos con nuestros socios y colegas alrededor del mundo, vimos patrones similares. La pandemia resaltó no solo profundas desigualdades, sino también los límites de nuestras formas de abogacía y solidaridad. 11 nóiccudortnI
II. Acerca de este libro En los últimos siete años, Dejusticia ha traído a grupos pequeños de defensores para nuestro Taller Global de Investigación-Acción para Jóvenes Defensores de Derechos Humanos del Sur Global en Colombia. El taller trabaja con estos defensores para profundizar sus habilidades de investigación y narración, construir relaciones y colaboraciones sur-sur e incrementar la visibilidad de su trabajo y escritura. Cada cohorte de participantes del taller escribe capítulos en un volumen editado y publica unas piezas narrativas más cortas en el blog asociado al taller, Relatos Anfibios. Con el tiempo, el grupo de los egresados del taller ha crecido y ahora tiene más de cien defensores increíbles, desde Chile hasta Egipto,
Nigeria y Filipinas. Mientras seleccionábamos nuestra octava cohorte para el taller de 2020, nos encontramos en medio de la pandemia. Debido a los riesgos y restricciones a los viajes y reuniones, decidimos posponerlo. Pero parecía que la comunidad del taller podía hacer mucho en la distancia para fortalecer nuestras colaboraciones existentes, hacer visibles las formas en las que los egresados estaban experimentando la pandemia en sus vidas personales y profesionales, y considerar tanto los desafíos como las oportunidades que la pandemia abrió para nuestro trabajo. La mayoría de los egresados
trabaja con organizaciones que han hecho incidencia desde hace tiempo en torno a las desigualdades crónicas que la pandemia ha tanto resaltado como profundizado. En lugar de detener este trabajo, la pandemia lo hizo aún más crítico en varias formas. Al mismo tiempo, estas desigualdades y este tipo de trabajo de incidencia en el sur global raras veces son el centro de atención. Parte de la misión del taller, y de este libro, es hacer estas historias más visibles. El libro pretende contar algunas de las muchas historias de la pandemia desde la perspectiva de los defensores del sur global. Los egresados, de distintas partes del mundo, comenzaron a construir estas historias en relatos cortos como semillas de ideas y reflexiones publicadas como entradas del blog Relatos Anfibios. Estos autores luego trabajaron para expandir estas piezas en los capítulos que conforman este volumen. Este libro, así como todos los libros de los Talleres Globales, fue un ejercicio colectivo desde el principio. Existe sobre todo gracias a la escritura inspiradora y vulnerable de los egresados del 12 sirroM .L nahgeM y limalliV roderroC acisseJ taller que escribieron cada capítulo, durante lo que a menudo fue un período difícil para ellos, sus organizaciones y las comunidades con las que trabajan. Nuestro equipo en Dejusticia, especialmente Manuela Neu y Camila Soto, facilitaron la publicación de los blogs, y Claudia Luque lo hizo para el libro final. Sebastián Villamizar y Morgan Stoffregen, quienes han apoyado los libros del Taller Global desde el principio, prestaron sus excelentes habilidades editoriales y de traducción para las piezas. Y el libro, en
el contexto del proyecto más general del Taller Global, ha gozado del continuo apoyo del equipo de Dejusticia, la mentoría y colaboración constante de Nelson Fredy Padilla y el apoyo financiero generoso de la Fundación Ford y la Open Society Foundation.
III. Desigualdades pandémicas Cuando enviamos la convocatoria inicial de los textos del blog para esta serie, el tema era libre siempre y cuando las piezas estuvieran relacionadas de alguna forma con la pandemia. Y aún así, los borradores hablaban de alguna manera acerca de la desigualdad. Desigualdades que estuvieron latentes desde hace mucho y que la pandemia había profundizado, o expuesto, o reprimido mientras se expandía por los países y comunidades de los autores.
Desigualdades que habían inspirado la organización social creativa, las estrategias de resiliencia que estaban listas para cuando llegó la pandemia. Desigualdades que habían roto la confianza en el gobierno, en el sector privado, en las mismas organizaciones de la sociedad civil, lo cual conllevó a que las personas creyeran que los esfuerzos de estos sectores para lidiar con la pandemia, o incluso la existencia misma del virus, fuera un engaño oportunista. ¿Cómo podemos pensar la pandemia a través de la desigualdad y la desigualdad a través de la pandemia? ¿Cómo se ve este análisis cuando uno escribe desde Lahore o Abuja y no desde Londres o San Francisco? ¿Cómo nos ayuda a repensar nuestro papel como defensores y miembros de la sociedad civil y nuestras formas de solidaridad? Esperamos que este libro ayude a dar luces sobre estas preguntas, desde la perspectiva aterrizada de los jóvenes defensores que han dedicado sus energías personales y profesionales para lograr cambios en el mundo. Varios de los capítulos abren una discusión acerca de las formas en las que la pandemia ha resaltado desigualdades de larga 13 nóiccudortnI duración que, con el tiempo, se han convertido en un amplio descontento y desconfianza públicos. Precious Eriamiatoe escribe acerca de la falta de confianza en el gobierno en Nigeria, la cual ha conllevado a que algunas personas piensen que el virus es una estratagema del Estado y a que otras simplemente declaren de cara a las respuestas insuficientes del gobierno para los pobres que “el hambre mata más rápido que el virus”. Jennifer Peralta discute las protestas diarias en Chile a principios de 2020 para una nueva constitución y las formas en las que fueron descarriladas por la pandemia, incluso cuando esta puso en relieve las desigualdades sociales mismas que generaron ese movimiento. Cristián Sanhueza también habla de su trabajo con las comunidades indígenas en Chile, y las formas en las que la pandemia ha recogido la cortina de la estabilidad, lo cual expuso las desigualdades e incertidumbres que a su vez han definido las capacidades para manejar el riesgo de la muerte. Adebayo Okeowo escribe de manera conmovedora acerca de los cortes de electricidad que experimenta en Nigeria con su hijo de cuatro años, que le recuerdan a los cortes de su propia niñez, que son una manifestación de la gobernanza insuficiente que asegura ha conllevado a una desconfianza profunda de las prioridades del gobierno en relación con la pandemia. Otros capítulos retratan la resiliencia de las comunidades que han experimentado desastres tanto crónicos como agudos en el pasado. Neha Kurian escribe acerca de los planes de manejo de desastres a nivel local que fueron obligatorios en el estado de Kerala en India de cara a una serie de inundaciones y que después estuvieron disponibles para su uso mientras la pandemia se expandía. Louise Dumas escribe desde Filipinas para resaltar la importancia de la toma de decisiones a nivel comunitario para generar resiliencia y de los peligros de las estrategias de incidencia que debilitan esas capacidades, incluso en un esfuerzo para manejar los tipos de emergencia que han surgido en la pandemia. Los conflictos de los defensores con sus propios roles en la pandemia están centrados en otros capítulos, pues las estrategias de incidencia son limitadas por los requisitos de distanciamiento social y las desigualdades entre quienes pueden trabajar en casa y quienes no tienen otra opción sino tomar el riesgo para proveer a sus familias. Sana Farrukh confronta los desafíos de la representación de una cliente condenada a la pena de muerte con una 14 sirroM .L nahgeM y limalliV roderroC acisseJ enfermedad mental que no puede hablar, mientras se establecían las prohibiciones a las visitas a las prisiones y la audiencia de la cliente ante el Tribunal Supremo de Pakistán fue pospuesta de forma indefinida debido a la pandemia. Ana Belique escribe acerca de las tensiones entre la protección de la democracia en República Dominicana y la protección de su propia salud, y de las
formas en las que la pandemia ha subrayado la importancia de las estrategias de solidaridad mientras se siguen negando los derechos básicos a la ciudadanía a las personas nacidas en República Dominicana de padres que migraron de Haití. Al tiempo que estas discusiones observan las formas en las que podemos repensar el papel de la sociedad civil de cara a los desafíos de la pandemia, algunos autores hacen una advertencia tanto de quienes prometen demasiado como de prometer demasiado nosotros mismos. Natalia Mendoza escribe acerca de las promesas sublimes de tecnologías como Zoom para reducir la distancia social y del lado oscuro de dejar nuestra privacidad a un lado por la promesa de la conexión.
IV. El papel de la sociedad civil La pandemia tiene el potencial de reorientar de manera fundamental el cómo vivimos, trabajamos y nos relacionamos entre nosotros. ¿Cuáles son los nuevos papeles que implican estos cambios para la sociedad civil, para las formas como nos organizamos y como hacemos incidencia? Los colaboradores de este libro, desde distintas perspectivas, nos invitan a considerar lo que estamos aprendiendo de la pandemia acerca del papel de la movilización colectiva y la sociedad civil en tiempos de crisis, y eso nos puede ayudar a reorientar nuestro trabajo hacia el futuro.
Desde que la OMS declaró la Covid-19 como una pandemia, con frecuencia han sido los movimientos de base y las organizaciones sociales quienes han estado en la primera línea de la respuesta a la emergencia sanitaria, para ayudar a las poblaciones vulnerables, hacer campañas de pedagogía frente al coronavirus, fabricar tapabocas en los países donde escasearon y aportar insumos médicos. Al mismo tiempo, muchas de nuestras formas tradicionales de acción colectiva estuvieron limitadas por la amplia desconfianza e inestabilidad, junto con las mismas medidas de distanciamiento social que requerían las respuestas efectivas a la 15 nóiccudortnI pandemia. En este contexto, surgieron nuevas formas de movilización desde lo local o de manera más informal para satisfacer necesidades urgentes a través de ejercicios más espontáneos de solidaridad diseñados para este momento. Estas muestras de solidaridad han tomado grandes dimensiones y en algunos casos han ido moldeando nuevas y creativas formas de acción colectiva. Esta creatividad y la capacidad de resiliencia de las comunidades de base han sido indispensable para mitigar los efectos indirectos de la pandemia. Estas capacidades fueron construidas a través de años de movilización, con frecuencia contra las mismas desigualdades que causaron esas disparidades en la distribución del sufrimiento de la pandemia en primer lugar. Pero esta experiencia también construye fortalezas y estrategias que las comunidades pudieron activar y adaptar como respuesta a la crisis. De cara al fracaso de muchos gobiernos nacionales y locales para brindar una respuesta adecuada a la pandemia, en particular a través de todos los sectores de su población, las comunidades y las organizaciones de base han construido soluciones, usualmente con pocos recursos más allá de sus propias capacidades locales, conocimiento, relaciones y fortalezas colectivas. Si los gobiernos nacionales y locales hubieran estado lo suficientemente preparados, movilizado recursos e información de manera efectiva, y distribuido estos recursos de manera equitativa, algunos de estos esfuerzos no habrían sido necesarios. La existencia de la movilización local creativa no libra al Estado de la responsabilidad de hacer todo lo que pueda para prepararse ante una crisis y brindar respuestas efectivas y equitativas. Pero sí nos enseña que esas respuestas se beneficiarían si son construidas desde la perspectiva de las personas más vulnerables, de la sociedad civil y de otros grupos locales que se movilizan en torno a un tema. Hacer eso no sólo construiría una respuesta más efectiva sino que también revitalizaría la democracia a nivel local y crearía una cohesión que es tan necesaria en estos momentos. A esto se suma la importancia de la convergencia del trabajo de organizaciones que trabajan por diferentes causas, como los derechos humanos, la justicia social y la justicia climática, junto a las que aportan asistencia humanitaria y se movilizan a nivel local. Así como la pandemia ha puesto de manifiesto la interconectividad —lo que te afecta a ti allá puede afectarme a mi acá, y nadie 16 sirroM .L nahgeM y limalliV roderroC acisseJ está protegido hasta que protejamos a los más vulnerables— también pone de relieve la importancia de trabajar de manera entrelazada entre organizaciones de la sociedad civil y los movimientos de base, entre las que trabajan por la apertura del espacio cívico y aquellas que luchan contra la desigualdad. Así las cosas, aunque la Covid-19 ha revelado las desigualdades estructurales y las falencias de algunos Estados para manejar la crisis, también ha creado una apertura para evaluar y reorientar
la acción de la sociedad civil. En un momento en que su labor está siendo fuertemente cuestionada y atacada por parte de gobiernos y diversos sectores de la población, este es el momento en el que la sociedad civil puede reorientar y afirmar su rol en la sociedad. Estos capítulos son un testamento de las luchas crónicas contra las desigualdades estructurales desde nuestros barrios hasta nuestra comunidad global. Al mismo tiempo, hablan de la importancia crítica de tener una reorientación creativa de nuestras formas de acción colectiva y solidaridad hacia el futuro.
VOLVER A TABLA DE CONTENIDO
CAPÍTULO 1
Dejar las luces prendidas durante la pandemia de la Covid-19 en Nigeria Adebayo Okeowo (Nigeria) 19 airegiN ne 91-divoc al ed aimednap al etnarud sadidnerp secul sal rajeD Poco después de haber comenzado a escribir esto, empezó a llover y en pocos segundos, hubo un apagón. Eso no es raro, pero nunca me deja de sorprender. En la parte de Nigeria donde vivo, cuando está a punto de llover, empezamos a prepararnos para que se vaya la electricidad y no esperamos a que la restablezcan sino hasta después de que escampe y, como decimos en broma, hasta que los cables se sequen.1 Así que ahora la silenciosa noche se quebranta por el sonido de las gotas que golpean en el techo y el ruido de los generadores que le dan electricidad a las casas. Así es como ocurre: cuando vuelve la corriente, mi hijo
de cuatro años grita con emoción “¡Llegó la luz!”. Verlo saltar de alegría me recuerda mi propia niñez, cuando gritábamos “arriba NEPA” cuando volvía la electricidad. En ese momento, la NEPA era la Autoridad Nacional de Energía Eléctrica (en inglés). Ahora se llama el Holding Empresarial de Electricidad de Nigeria, y el cambio de nombre ha resultado problemático porque muchos se quejan de que la empresa se toma muy en serio su nombre pues “retiene”2 la electricidad en lugar de distribuirla a hogares y establecimientos. Cuando era niño, cada vez que volvíamos a casa mirábamos (sosteniendo la respiración) si nuestros vecinos tenían las luces prendidas, porque eso indicaba si también íbamos a tener 1 Una de las razones para los cortes eléctricos durante las malas condiciones del tiempo en Nigeria es debido a la infraestructura anticuada del país; así que, para prevenir aún más daños a un sistema que ya está sobrecargado, el operador corta el servicio durante las lluvias (“3 Reasons for Power Outages on Rainy Days” 2019). 2 N. del T. En inglés, el verbo to hold significa sostener, retener. El autor hace un juego de palabras entre ese significado y la palabra holding en sentido empresarial. 20 owoekO oyabedA electricidad. Nos frustraba de inmediato cuando no veíamos el fulgor naranja en un balcón o en la reja de algún vecino. También era un poco frustrante cuando escuchábamos el sonido de los generadores porque, además de la contaminación auditiva, eso también significaba que sólo tendríamos corriente por un par de
horas porque tendríamos que apagarlos antes de dormir. Por eso es muy triste que, décadas después, no mucho ha cambiado y mi hijo todavía tiene que experimentar los efectos de una gobernanza pobre que ha existido desde mi niñez. El problema de la electricidad es una fracción de los muchos otros problemas que han azotado a Nigeria durante tantos años. Los nigerianos se han obligado a volverse su propio gobierno, al cavar pozos y perforaciones para obtener agua, comprar generadores para garantizar un flujo constante de energía3, contratar mano de obra para arreglar las vías, organizar vigilancia para controlar el crimen y así sucesivamente. Contra este trasfondo, añadir una pandemia a esas cargas era lo último que necesitábamos. Pero aún así pasó y, en febrero, el Ministerio Federal de Salud confirmó el primer caso de Covid-19: un hombre italiano que retornó al país desde Milán (“Coronavirus: Nigeria Confirms First Case in Sub-Saharan Africa” 2020). Así que ahí estábamos, confrontados por una crisis sanitaria que había perjudicado a economías gigantescas, sobrepasado los mejores sistemas de atención sanitaria del mundo y prácticamente paralizado a todas las personas. Pero había una esperanza de que así como Nigeria contuvo el virus del ébola en 2014, también podríamos contener el coronavirus en muy poco tiempo (Campbell 2020; Ikhuoria 2014). Sin embargo, la Covid-19 ha resultado ser muy diferente del ébola y ha exacerbado los problemas existentes. Pero uno de los problemas con los que nadie debería estar lidiando junto a una crisis sanitaria de esta magnitud es un sistema
de electricidad intermitente. La situación de la energía en Nigeria es tan severa que, sólo en 2019, la red nacional colapsó más de diez veces y hubo apagones a lo largo del país (Wahab 2019). Esto es tan inaudito que parece increíble pero, por desgracia, es 3 Según un informe del Access to Energy Institute (2019), Nigeria tiene más de veintidós millones de generadores pequeños a gasolina, cuya capacidad es ocho veces más grande que la de la red eléctrica nacional. 21 airegiN ne 91-divoc al ed aimednap al etnarud sadidnerp secul sal rajeD cierto. También es cierto que antes de la Covid-19, se sabía que los hospitales hacían cirugías a la luz de antorchas y lámparas; y es cierto que algunos de los grandes hospitales públicos habían tenido períodos extensos de apagones que han dañado su capacidad de tener una buena calidad en la atención sanitaria (Adeshokan 2020; Onyenucheya 2019). La energía epiléptica es, por tanto, una preocupación mientras vivimos en la pandemia. Los hospitales y centros de salud, ahora más que nunca, requieren de un servicio constante para atender a los pacientes. Los hogares también necesitan un servicio constante de energía, especialmente ahora con las restricciones impuestas por el gobierno para controlar la propagación del virus. Pero en vez de mejorar la oferta eléctrica, el gobierno nigeriano, después de levantar el confinamiento, introdujo un aumento del 50% en las tarifas de energía, a pesar de que los ciudadanos siguen tratando
de lidiar con los constreñimientos económicos inducidos por la pandemia (“Halt the Electricity Tariff Increase” 2020). Y si acaso las masas empobrecidas deciden recurrir a sus generadores de respaldo, que ya están sobrecargados, para obtener energía, el gobierno se aseguró de que el costo del combustible también se aumentara un 15% (Davies 2020). La combinación de estos dos movimientos del gobierno durante un momento extremadamente difícil habla por sí sola de cuán poco este se preocupa por las dificultades de sus ciudadanos. Por ejemplo, este es el mismo gobierno que destinó nueve mil millones de naira para renovar la Asamblea Nacional mientras el país todavía se recogía del impacto de la Covid-19 (Erezi 2020). Si esto no cabe en la descripción de “prioridades erradas”, nada más lo hará. Ese dinero pudo haber sido mejor gastado si lo hubieran destinado a mejorar el sistema de salud, a ayudar a los pequeños negocios a sobrevivir durante la pandemia o incluso a brindar una oferta eléctrica estable para que los nigerianos no tengan que gastar la cuantiosa suma de doce mil millones de dólares al año para generar su propia corriente (OsaeBrown and Olurounbi 2019). Los efectos de la falta de una corriente estable son amplios, y se extienden más allá de la salud hacia el acceso a la educación. Por ejemplo, aunque algunas familias más afluentes han podido conectar a sus hijos a las clases virtuales durante los confinamientos de la Covid-19, los niños en áreas rurales no tienen los medios 22 owoekO oyabedA para darse ese lujo, especialmente porque sólo el 36% de las personas en estas áreas están conectadas a una red eléctrica.4 Si hay algo que ha demostrado la pandemia de la Covid-19 es que los líderes no se vuelven compasivos o capaces de repente durante una crisis. La realidad es que aunque algunos países están aprendiendo de la pandemia y comenzando a mejorar, otros apenas sobreviven. Es preocupante que el gobierno nigeriano no haya convertido este momento de emergencia global en una oportunidad para arreglar lo disfuncionales que son muchos aspectos del sistema nigeriano. Todavía nos faltan meses y quizá años para luchar contra el coronavirus, y no tenemos por qué mantener el statu quo. Ahora, ya escampó y volvió la electricidad. El ruido de los generadores le ha dado paso al silencio de la noche. Parece el momento perfecto para renovar la esperanza. Referencias “3 Reasons for Power Outages on Rainy Days”. (2019). Nigeria Electricity Hub. 25 de julio. Disponible en: https://www. nigeriaelectricityhub.com/2019/07/25/3-reasons-for-poweroutages-on-rainy-days. Access to Energy Institute. (2019). Putting an End to Nigeria’s Generator Crisis: The Path Forward. https://a2ei.org/resources/ uploads/2019/06/A2EI_Dalberg_Putting_an_End_to_ Nigeria%E2%80%99s_Generator-Crisis_The_Path_Forward. pdf. Adeshokan, O. (2020). “Surgery by Candlelight: Hospitals in Nigeria Suffer Losing Power—and Staff”. Guardian, 7 de enero. Disponible en: https://www.theguardian.com/globaldevelopment/2020/jan/07/surgery-by-torchlight-hospitals-innigeria-suffer-losing-power-and-staff. Campbell, J. (2020). “Nigeria Responds to First Coronavirus Case, Learning from 2014 Ebola Response”. Council on Foreign Relations blog post, 4 de marzo. Disponible en: https://www.cfr.org/blog/nigeria-responds-first-coronaviruscase-learning-2014-ebola-response. 4 Según Power Africa, un proyecto liderado por USAID, sólo el 45% de los nigerianos (36% de los residentes rurales y 55% de los residentes urbanos) están conectados a la red eléctrica formal (USAID 2020). 23 airegiN ne 91-divoc al ed aimednap al etnarud sadidnerp secul sal rajeD “Coronavirus: Nigeria Confirms First Case in Sub-Saharan Africa”. (2020). BBC, 28 de febrero. Disponible en: https:// www.bbc.com/news/world-africa-51671834. Davies, P. (2020). “Nigeria Hikes Petrol Prices as COVID-19 Bites Budget”. Africa News, 14 de septiembre. Disponible en: https://www.africanews.com/2020/09/14/nigeria-hikes-petrolprices-as-covid-19-bites-budget. Erezi, D. (2020). “Budget Office Denies Allocating N27 Billion for National Assembly Renovation”. Guardian, 4 de junio.
Disponible en: https://guardian.ng/news/budget-office-deniesallocating-n27-billion-for-national-assembly-renovation. “Halt the Electricity Tariff Increase”. (2020). Guardian, 6 de septiembre. Disponible en: https://guardian.ng/opinion/haltthe-electricity-tariff-increase.
Ikhuoria, E. (2014). “Case Study: How Nigeria Contained the
Ebola Outbreak”. ONE, 29 de octubre. Disponible en: https:// www.one.org/us/blog/case-study-how-nigeria-contained-theebola-outbreak/. Onyenucheya, A. (2019). “Blackout in LUTH as Treatment, Other Medical Services Are Slowed Down”. Guardian, 15 de junio. Disponible en: https://guardian.ng/news/blackout-inluth-as-treatment-other-medical-services-are-slowed-down. Osae-Brown, A. y R. Olurounbi. (2019). “Nigeria Runs on Generators and Nine Hours of Power a Day”. Bloomberg, 23 de septiembre. Disponib
Estás viendo una vista previa
Lee el documento completo con Ariel
Este es un fragmento de uno de los más de 1.2 millones de documentos de la biblioteca de Ariel. Crea tu cuenta para leerlo completo, descargarlo y consultarlo con Ariel, que siempre te lleva a la fuente exacta: Ariel NO alucina.