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ECO UMBERTO - Interpretacion y sobreinterpretacion

Umberto Eco

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Detalles

Título
ECO UMBERTO - Interpretacion y sobreinterpretacion
Autor
Umberto Eco
Categoría
Doctrina
Área del derecho
Constitucional
Año

. . Interpretya ción sobreinterpretación Interpryes toabcrieóinn terp:retación CambrUindigvee Prrseqisutsiy ee xrepesr saur agriamdieencatPlor esiydM einetmebd reCo lsaH rael l, Cambribdagjeo, a cuusyposisecc iebolrsea rloasn cofnereyns ceinmaaisr Tiaonsne en1r 9 9q0u,de ei rolnu gar ae sltbier o. Interprye tación sbor einterpretación UMBERTO ECO Con colaboraciones de: Richard Rorty Jonathan Culler, Christine Brooke-Rose Compilación de Stefan Collini

Traducción de Juan Gabriel López Guix

CAMBRIDGE

UNIVERSPIRTYE SS

PUBUCAPDOORT HPER ESSSYN DICAOTFTE H UEN JVEORFSC IAMTBYR IDGE

The Pitt Building, Trumpington Street, Cambridge, United Kingdom CAMBRIDGEU NIVERSl'IRTe;sY ThEedi nburgh CBaumiblrdCiBi d2n2g gRe,U U ,K ht/t/ pw:ww.cu.pa.cc.aumk 40W es2t0 tShtr eNeetwY, o rNkY,J O1O1 -42U1S1hA,t t/pw:w/w .cup.org 1 SOt amRfooarOdda, k leMieglhb,o3 u 6r16nA ,eu stralia RuidzeA lar1c3ó2,n8 ,0 M1a4d rEisdp,a ña Títourliog linntaelrpand r Ovcertianttierop(nrI ctSBOoN5 t 2i41o2 n5 95)4 publipcoCarad mob rUindigvee Prrse1is9ts9y 2

© CambrUindigvee Prrse1is9ts9y 2 Edición española como Interpretación y sobreinterpretación Primera edición 199 5 Segunda edición 1997 Traducción española © Cambridge University Press Sucursal en España 1995, 1997 _ ISBN 84 8323 0100 rústica Quedraing urosparmoehnistbieiln daa au st,o riezsacdciróelin otti sat uldaecrloe psy right, baljaos sa ncioensetsa belnel caleyised sla,ras e prodtuoctocipa óalnr dceie asoltb ar a pocru alqmueidoeip ror ocedicmoimepnrteonl,rda ei pdroosyg e rltaf riaat amiento informylá datii csotr,i bdueeci jóenm plelalrmaee sd idaen teo p raélqsuptiúalbmelori co.

ProduYcEciLóTSnESO LUOOGNRÁEFSI CSA.SL .

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DepólseigaMtl-o: 3 2160-1997 índice sobre autores 7

Notas los Introducción: interpretación terminable e interminable 9

Stefan Collini 1 Interpretación e historia 33 Umberto Eco 2 .La sobreinterpretación de textos 56 Umberto Eco 3 Entre el autor y el texto 80 Umberto Eco 4 El progreso del pragmatista 104 Richard Rorty 5 En defensa de la sobreinterpretación 127 Jonathan Culler 6 Historia-palimpsesto 143 Christine Brooke-Rose 7 Réplica 159 Umberto Eco

Notsaosb lroeas u tores UmberEtceoosc ateddreSá etmiicóoet nli Uacn ai versidad deB olonia. RichRaorredts cy a teddreHá utmiacnoi ednal dae s UniverdseVi idragdi nia. JonaCtuhlaelnsce art eddreIá ntgiylcL éois t eratura Compayrd aidrae dcelt Saoo rc ipeadrlaaadH s u manidades, UniverdseCi odrande ll. ChrisBrtoionkee h-asR iocdsaoet eddreLá ittiecreaan lt au ra UniverdsePi adrVaíIdsI I. SteCfoalnle ispn rio fesor undieIv negrylms éiiset mabrrioo docedneCt lea reC aHmablrli,d ge.

Introducción: interpretación terminable e interminable

STEFAN COLLINI I «Mi única reserva es que este tema no trate lo bastante de "valores humanos".» Quienes estén familiarizados con el funcionamiento de los comités académicos reconocerán el tono. Alrededor de la mesa se sentaba el comité de las conferencias Tanner de Clare Hall, Cambridge. Las conferencias de Tanner fueron creadas por el filán­ tropo estadounidense y antiguo catedrático de Filosofía de la Universidad de Utah, Obert C. Tanner, y se establecieron formal­ mente en Clare Hall el 1 de julio de 1978. (También se celebran cada año en Harvard, Michigan, Princeton, Stanford, Utah, Brasenose College, Oxford y. de modo ocasional. en otras partes.) El fin propuesto es «hacer avanzar el conocimiento académico y

científico, así como la reflexión en torno a él, en relación con valo­ raciones y valores humanos». En la ocasión mencionada se había cursado a Umberto Eco una invitación para que fuera el conferen­ ciante Tanner de 1990; Eco, al aceptar, había propuesto como tema _ «Interpretación y sobreinterpretación». Éste fue el tema que llevó al citado miembro del comité, deseoso de adelantarse a cualquier posible dificultad, a expresar su reserva, una reserva que el comité no permitió que lo detuviera durante mucho tiempo. 9 Stefon Collini No fue, a todas luces, una reserva compartida por las casi qui­ nientas personas que llenaron uno de los mayores auditorios de Cambridge para oír las conferencias. Quizás algunas acudieron en gran medida para satisfacer su curiosidad y ver a uno de los escri­ tores más famosos de nuestro tiempo, quizás a otras las impulsó sencillamente el deseo de no perderse un acontecimiento cultural y social excepcional; sin embargo, el hecho de que este enorme público volviera para oír la segunda y la tercera conferencias da fe de otras fuentes de interés, así como de las cualidades mesmeriza­ doras del conferenciante. Menos reservas aún manifestaron los entusiastas que al día siguiente hicieron cola desde primera hora de la mañana para asistir y participar en el seminario que siguió, espo­ leados en este caso por la perspectiva de presenciar el debate entre Eco, Richard Rorty. Jonathan Culler y Christine Brooke-Rose, en una sesión de todo un día moderada por Frank Kermode. El deba­ te fue sin lugar a dudas animado; resultó enriquecido por las con­ tribuciones de una distinguida colección de estudiosos y críticos,

empezando (alfabéticamente) por Isabel Armstrong, Gillian Beer, Patrick Boyde y Marilyn Butler, y amenizado por las reflexiones especialmente pertinentes de otros novelistas-críticos presentes, como Malcolm Bradbury, John Harvey y David Lodge. Umberto Eco, el principal participante en estas reuniones, se ha gestacado en tantos campos que desafía toda clasificación apresu­ rada. Originario del Piamonte, estudió filosofía en la Universidad de Turín y escribió una tesis sobre la estética de santo Tomás de Aquino. Trabajó en programas culturales para la televisión estatal y, más tarde, enseñó en las universidades de Turín, Milán y Florencia, al tiempo que trabajaba de editor para Bompiani. Desde 19 7 S ocupa la cátedra de Semiótica de la Universidad de Bolonia (la pri­ mera creada en esa disciplina). Ha publicado más de una docena de 10 Introducción libros importantes y ha realizado importantes contribuciones a los campos de la estética, la semiótica y la crítica cultural. La mayoría de sus libros se han traducido al inglés y otras lenguas; aunque, como indicio de los formidables talentos lingüísticos del profesor Eco, hay que señalar que algunas de sus obras recientes han sido traducidas al italiano, por estar escritos los originales en inglés. Al mismo tiempo, es un periodista prolífico, autor de columnas periódicas -a menudo muy divertidas-en los principales diarios y semanarios italianos. Pero, al menos en el mundo angloparlante, lo conoce un público mucho más amplio por ser el autor de El nombre rosa, de la la novela que publicó en 1980 y que lo convirtió en un

autor de éxito internacional. En 1988, le siguió El péndulo de Foucault, traducida al inglés al año siguiente y objeto de una gran atención crítica. El presente volumen incluye los textos revisados de las confe­ rencias Tanner pronunciadas por Eco en 1990, las intervenciones de los tres participantes en el seminario y la réplica de Eco. Los ternas debatidos por los participantes quizá parezcan en ocasiones al lectonor in iciado muy abstrusos o técnicos, de modo que puede ser útil presentar las principales diferencias entre ellos y señalar algunas de las implicaciones de una investigación que se sitúa en el corazón de tantas formas de comprensión cultural en las postrime­ rías del siglo xx. 11 La interpretación no es, por supuesto, una actividad inventada por los teóricos literarios del siglo xx. En realidad, los desconciertos y las disputas sobre el modo de caracterizar esa actividad tienen una 11 Stefan Collini larga historia en el pensamiento occidental, una historia provocada ante todo por la trascendental tarea de establecer el significado de la Palabra de Dios. En esencia, la fase moderna de esta historia se remonta a la mayor conciencia en torno al problema del significa­ do textual introducida por la. hermenéutica bíblica asociada a Schleiermacher a principios del siglo y fue Dilthey quien, en la XIX, últi..!!1.<1 parte del siglo, convirtió la centralidad de la interpretación para comprender las creaciones del espíritu humano en base de un programa para la gama completa de las Geisteswíssenschaften. La diferenciada etapa en que 4a entrado el debate en las dos o

tres últimas décadas necesita comprenderse en el contexto de dos • acontecimientos a gran escala. El primero es que la enorme expan­ sión desde 1945 de la educación superior por todo el mundo occi­ dental ha dado nueva significación a temas que afectan al papel cultural general de tales instituciones y, de modo más concreto, a cuestiones sobre la identidad y la categoría de las «disciplinas» defmidas institucionalmente. En el mundo angloparlante, el «inglés» como disciplina ha adquirido en el curso de este proceso una posición de una centralidad y sensibilidad peculiares en tanto disciplina menos aislada de los intereses existenciales de los lecto­ res legos y los escritores extramuros -cosa que ha significado, entre otras cosas, que las disputas en el seno de la profesión continuaran siendo objeto de intermitente atención pública-. Un indicio sim­ ple pero sorprendente de la materia del tema es el hficho de que, en 19 7 O, el de inglés era el departamento subgraduado más gran­ 1 de en dos tercios de las universidades estadounidenses . 1 RichOahrmda nEnn,gi lAmni esricah: A RadiVicaewlo f thPer ofNesuseiYvooanr ,k , OxforUdn ivePrrsei1st9sy7,p 6 á,g 2s1.4 -2O1h5m.a snunb reaglyr aa do 12 Introducción Sin embargo, en décadas recientes tanto el canon de escritos que constituía de modo tradicional el tema de la disciplina como los métodos considerados apropiados para su estudio han pasado a ser objeto de un examen más atento, a medida que las presuposi­ ciones sociales y étnicas sobre las que descansaban han dejado de

gozar de una fácil hegemonía en el mundo circundante. Además, la cj¡versidad cultural de la sociedad estadounidense y los princi- ' - píos de mercado que rigen el éxito individual en la vida académica norteamericana han contribuido a hacer de una gran cantidad de reflexifin de segundo orden conocida hoy con el nombre de <fiteo­ ría» el terreno intelectual central en el que se forjan las reputacio­ nes y se disputan las batallas por el poder y la posición académica. El centrarnos en esta escena institucional quizá no sirva de mucho para explicar el contenido real de las actitudes adoptadas en tales debates, pero resulta indispensable si se quiere entender la aparen­ te desproporción entre pasión y resultado, o el grado de atención acordado al debate sobre semejantes materias arcanas por parte de los demás sectores de la sociedad. Y esto conduce al segundo de los acontecimientos a gran esca­ la que han arrojado una carga de significación en los debates sobre la interpretación: el modo en que un cuerpo de escritos arraigado en preocupaciones y formas de proceder distintas de la filosofia em:__ o, pea continental ha chocado ( cualquier verbo que sugiera mayor comprensión o buena voluntad mutua desvirtúa de forma no inocente la naturaleza del encuentro) con una difundida tradien que esta expansión ha descansado en el papel curricular clave de la "composición de los estudiantes de primer año". Para una perspectiva histórica más amplia, véase Gerald Graff, Professing Literoture: An lnstitutional History, University of Chicago Press, 1987. 13 Stefan Collini ción anglosajona de la explicación y la apreciación críticas de las

obras literarias. También este acontecimiento necesita contem­ plarse en una perspectiva histórica más amplia. Un avance defini­ tivo en el vacilante curso hacia la profesionalización emprendido por los estudios literarios en Gran Bretaña y Estados Unidos a lo largo del siglo XX se produjo cuando la concentración en la inves­ tigación histórica sobre literatura, que había constituido el legado del intento decimonónico de llevar a cabo la concepción impe­ rante de «método científico», se vio puesta en cuestión y consi­ derablemente desplazada por una práctica crítfica que hacía hingpJ_ éc on feroz atención en lodse talles verbales de obras canó­ nicas de la «gran literatura», una práctica asociada en Gran Bretaña con la obra de I. A. Richards en la «crítica práctica» (y, en formas más complejas o remotas, con la obra crítica de T. S. El.iot,

F. R. Leavis y William Empson) y, en Estadosl,lni,dos, con la de la Nueva Crítica, en especial, John Crowe Ransom, R. P. Blackmur, Robert Penn Warren, Allen Tate, Cleanth Brooks y W. K. Wimsatt.

Esta práctica acabó generando su propio conjunto de doctrinas justificatorias, sobre todo en Estados Unidos, en cu_yo corazón se hallaba una concepción de la obra de literatura en tanto objeto e_s,Iético -autónomo, autotélico, cuyo sentido autofiufirienta era tarea del crítico elucidar-. Una doctrina secundaria, derivada de este dogma principal, era repudio de la llamada «falacia intencio­ nal», el supuesto error de creer que las pruebas de las intenciones

pretextuales del autor podrían ser relevantes para establecer el «significado» del «icono verbal» (para utilizar la expresión de Wimsatt) que era la obra de literatura. (En principio, se suponía que esta-s --doctrinas se aplicaban a todos los géneros literarios pero hace tiempo que ha quedado claro que se desarrollaron en gran medida a partir de la crítica de poesía lírica breve -y siempre 14 Introducción menos incómodamente refiriéndose a ella-, una poesía enfi_qµe abundabfis tipos de «tensiones» y «ambigüedades» cuyfi iden­ tiQcación fue el fuerte particular de los principales representantes de la Nueva Crítica.) De forma predecible, las actitudes hacia la literatura y su crí­ tica alentadas por este movimiento, que llegó a tener una posi­ ción preponderante aunque quizá nunca monopolística fi.fi los departamentos angloestadounidenses de literatura en las décadas de 1950 y 1960, resultaron ser poco receptivas a las heterodo­ xas ideas sobre el sentido desarrolladas en el seno de las tradi­ ciones filosóficas europeas, derivadas sobre todo de la hermenéutica, la fenomenología y la lingüística estructural. La extensión de algunas de las ideas fundamentales de las teorías lingüísticas de Saussure, en particular, y su congruencia parcial con las teorías antropológicas de Lévi-Strauss condujeron, a par­ tir de finales de la década de 1 9 5 O, a la difusión en muchos ámbitos de la investigación de una búsqueda de estructuras pro­ fundas y patrones recurrentes subyacentes a todas las árefis de la

actividad humana. Al combinarse con el revigorizado legado poskantiano de indagación trascendental se>bre las con,cl,ic;ipnes de la posibilidad de una actividad, el resultado fue la elaboración de teorías muy generales acerca de la naturaleza del sentido, la comunicación y otros temas similares. (La semiología o ciencia de los signos, con la que se ha asociado íntimamente al propio Eco, formó parte de esta tendencia más amplia, seguida en igual medida tanto por los formados en el ámbito de la filosofía y las ciencias sociales como por aquellos cuyas lealtades eran ante todo hacia el estudio de la literatura.) La descripción de otro sec­ tor de estos teorizadores como «postestructuralistas» sólo es en parte producto de una necesidad periodística de etiquetas, pero Stefan Collini también indica p'>mC> la insistencia saussureana en la arbitra­ riedfid del sigpificante ha constituido el punto de partida para afirmaciones más recientes, presentadas con sorprendente vir­ _ tuosismo por Jacques Derrida, sobre todo, acerca de la inestabi­ lidad de todo sentido en la escritura. El resultado de la difusión entre quienes se dedican a la ense­ ñanza de literatura en universidades británicas y estadounidenses del entusiasmo por las ideas derivadas de este cúmulo no siempre bien comprendido de tradiciones filosóficas ha sido una contro-• versia acalorada, confusa y ahora ya bastante prolongada sobre la naturaleza global y el propósito de los estudios literarios. En el --curso de dicho debate, la idea de que el establecimiento del «sen­ tido» de un texto literario podría ser un objetivo legítimo de la

investigación crítica ha recibido algún tratamiento bastante seve­ ro. El intento de limitar la gama de contextos significativos rele­ vantes o de detener las interminables y autodisolventes inestabilidades de la escritura ha sido estigmatizado con el adjeti­ vo de «autoritario» -una acusación que constituye en sí misma un ejemplo <ie la facilidad cfin la que unas complejas cuestiones teó­ _ricas se han vinculado a actitudes políticas más generales-. A la inversa, quienes se han mostrado cautos ante lo que percibían fi fi -- como un movimiento demasiado fácil entre diferentes niveles de abstracción sostienen que la cuestión de la negación derridana de, la «certeza» epistémica dependía de una tradición filosófica pos­ cartesiana y no debería ser utilizada para arrojar dudas sobre la posibilidad de establecer sentidos convencionalmente acordados para todo tipo de textos escritos. Respaldan su postura acusando al crítico postestructuralista de «jugar un doble juego, introducien­ do su propia estrategia interpretativa al leer un texto ajeno, pero basándose tácitamente en las normas comunes al emprender la16 Introducción tarea de comunifi los métodos y resultados de su interpretación a sus lectores»2 • Por lo tanto, al elegir este tema para sus conferencias, Eco se estaba comprometiendo a definir una posición eli un agitado deba­ te internacional, o una serie de debates relacionados, sobre la natu­ raleza del sentido y las posibilidades y los límites de la interpretación. Eco fue uno de los teóricos más influyentes que llamó la atención durante las décadas de 1960 y 19 7 O sobre el

papel del lector en el proceso de «producción» de sentido; sin embargo, en sus obras más recientes, ha expresado cierto malestar por el modo en que algunas de las principales corrientes del pen­ samiento crítico contemporáneo, en especial, ese estilo de crítica estadounidense inspirada en Derrida que se autodenomina «des­ construcción» y asociado ante todo a la obra de Paul de Man y

J. Hillis Miller, le parecen permitir al lector un flujo ilimitado e incomprobable de «lecturas»3 Al tiempo que desarrollan su pro­ . testa por lo que considera una apropiación perversa de la idea de «semiosis ilimitada», las conferencias de Eco recogidas en este volumen exploran los modos de limitar la gama de interpretacio­ nes admisibles y, a partir de ahí, identificar ciertas lecturas como•

«sobreinterpretación». Para ello, la primera conferencia recapitula la larga historia en el pensamiento occidental de las ideas de los significados «secre­ tos», codificados en el lenguaje bajo formas que escapan a la aten1 M. H. Abrams, "How to do tings with texts", en Doing Things with Texts: Essay in Criticism and Critica! Theory. Nueva York, Norton, 198 9, pág. 29 5. ' Véanse sobre todo las obras reunidas en Umberto Eco, Loslím ites de la interpretación, trad. Helena Lozano, Barcelona, Lumen, 1992. 17 Stefon Collini ción de todos excepto de la minoría iniciada. El objeto de ese resu­ men es hacer que la teoría contemporánea parfizca una repetición de unos movimientos familiares desde hace tiempo, casi una etapa

más de la tortuosa historia del hermetismo y el &n. osticismo, en la que, cuanto más esotérica puede demostrarse que es una forma de conocimiento, más se la valora y en la que cada capa sacada o cada secreto descifrado resultan ser la antecámara de otra verdad más astutamente escondida aún. Un elemento psicológico común en estas tradiciones interpretativas es la actitud de sospecha o desdén hacia el sentido aparente, la misma accesibilidad o aparente con­ cordancia con el sentido común anatemiza fatalmente su posición a los ojos de lo:, «adeptos del velo». En la segunda conferencia, Eco se distancia aún más de la forma moderna de esta tendencia al insistir en que podemos reconocer y de hecho reconocemos la sobreinterpretación de un texto sin ser capaces, de modo necesario, de probar que una interpretación es la correcta, ni tener que aferrarnos a la creencia de que debe haber una lectura correcta. Desarrolla el razonamiento con divertidos ejem­ plos y, en particular, con la obsesiva lectura rosacruz de Dante rea­ lizada por un literato angloitaliano del siglo XIX relativamente oscuro, Gabriele Rossetti. El comentario que hace Eco, en ese mismo espíritu, de la interpretación de un poema de Wordsworth llevada a cabo por el crítico estadounidense Geoffrey Hartman pre­ tende indicar otra forma de exceder las fronteras de la interpreta­ ción legítima, aunque, aquí, puede que haya más lectores dispuestos a encontrar la lectura de Hartman iluminadora en lugar de exagerada. En esta argumentación, la provocadora fioción de intentio opcris,

la intención de la obra, desempeña un papel impor­ Ja tante como fuente de sentido que, aunque sin ser reducible. a intentio auctoris, pretextual actúa como una restricción sobre el libre 18 Introducción juego de la intentio 1ectoris. La naturaleza, la categoría y la identifica­ ción de esta intentio operis parecen pedir una mayor elaboración, aun­ que, recurriendo a sus anteriores distinciones entre lector empírico y lector modelo, Eco desarrolla ingeniosamente la noción hasta afirmar que elobjetivo del texto debe ser producir el lector mode­ lo; es decir, el lector que lo lee en la forma en que en cierto senti­ do se creó para ser.Jeído, lo cual puede incluir la posibilidad de ser leído de modo que produzca múltiples interpretaciones. La tercera conferencia de Eco se enfrenta a la cuestión afin de si el autor empírico ocupa alguna posición privilegiada en tanto intérprete de «su» texto (un posesivo que no todos los teóricos de la interpretación dejarían pasar sin cuestionar). Eco acepta la doc­ trina, consagrada por la Nueva Crítica hace varias décadas, deque la intención pretextual del autor -los propósitos que pueden haberlo llevado al intento de escribir una obra concretanfi _per­ mite proporcionar la piedra de toque de la interpretación y de que puede ser incluso irrelevante o equívoca como guía al sentido o los sentidos del texto. Sin embargo, sostiene que, de modo retrospec­ tivo, el autor empírico tiene que poder descartar ciertas interpreta­ ciones; aunque está menos claro si se descartan en tanto

interpretaciones de lo que quiso decir o de lo que, siguiendo cual­ quier lectura inteligente o persuasiva, podría legítimamente hacer- , se significar al texto. Eco da a la argumentación un característico toque personal con algunas atractivas revelaciones sobre el autor empírico de El nombre de In rosn, un autor empírico que, en este caso al menos, también parece reclamar algún derecho a ser lector modelo. Las intervenciones de los otros tres participantes en el semina­ rio constituyen sendas respuestas a las afirmaciones de Eco desde otras tantas tradiciones intelectuales y, en última instancia, desde 19 Stefan Collini conjuntos de preocupaciones diferentes, aunque entrelazadas en diverso,s puntos. 'Durante las últimas dos décadas, Richard Rorty («el filósofo más interesante del mundo hoy en día», en opinión del crítico estadounidense Harold Bloom) ha dirfido una vigorosa y elo­ cuente campaña para persuadirnos de q_ue abandonemos la aspira­ ción fundacionalista que se halla en el corazón de la tradición epistemológica occidental+. No debemos seguir pensando, sostiene Rorty, en la filosofia como una indagación en el Modo En Que Son Realmente Las Cosas, como un intento de «reflejar» la naturaleza y, por ende, como la base de todas las demás disciplinas, sino simplemente como una más de las diversas contribuciones a una dura­ dera conversación cultural en la que vocabularios diversos, expresiones preferidas diversas, se nos ofrecen en la medida en que encajan con nuestros propósitos. De este modo, Rorty ha desarro­ llado su propia versión del pragmatismo asociado a filósofos esta­ dounidenses anteriores como William James y John Dewey, en la

que se nos invita a pensar ovesrros coaefitQs como iosrmmentos que empleamos para determinados fines en vez de como piezas de un rompecabezas que representan CómcdisRealmente El MU!}c,io. _ Por lo tanto, en su comentario sobre Eco, Rorty se muestra en desacuerdo con la distinción entre «interpretaéión» y «uso» de un texto. Considera que Eco se aferra a la noción de que un texto tiene • Al gunos de los hitos de esta campaña han· sido "Toe world well lost", Joumal of Philosophy, 69, 1972; La filosofía y despejo de la natumleza, trad. Jesús Femández Zulaika, Madrid, Cátedra, 1989; Con.sequences of Pmgrnatism (Esroys: 1972-1980), Minneapolis, University ofMinnesota Press, 1982; Contingencia, ironía y solidaridad, trad. Alfredo Eduardo Sinnot, Barcelona, Paidós, 1991. 20 Introducción una «naturaleza» y que la interpretación legítima supone intentar iluminar de algún modo esa naturaleza, mientras que él nos apre- • mia a olvidar la idea de dficubrir Cómo Es Realmente El Texto y, en cambio, a pensar en las diversas descripciones que, en función de nu.estros diversos propósitos, nos resulta útil darlefi Una característi­ ca destacada de la amplia campaña de Rorty ha sido el modo en que ha redescrito toda una gama de cuestiones teóricas convencionales en lo que llama su «vocabulario final preferido», ejemplificando con ello su creencia de que el cambio intelectual se produce cuan­ do se descubre que es más útil, provechoso o interesante habitar un

nuevo vocabulario que realizar una refutación punto por punto de una visión anterior ( cosa que, en cualquier caso, para funcionar efectivamente como una refutación de dicha visión, tendría que apelar a los criterios reconocidos en el vocabulario existente). Esto lo lleva con• frecuencia a anunciar, con una desenvoltura calculada que algunos encuentran divertida y otros exasperante, que/un gran número de cuestiones consagradas han dejado de ser interesantes. En el presente caso, Rorty eleva las apuestas (y, c9mo se vio, tam­ bién la temperatura) anunciando que las indag_aciones sobre «cómo fµncionan los textos» se encontraban entre esos ejercicios equivo­ cados e infructuosos que, en tanto alegres pragmatistas, podríamos ya abandonar. Lo que haríamos sencillamente es seguir utilizando los textos para nuestros propOsifüs(Cosafi··según él, es de rudos modos lo único que podemos hacer con ellos). Al mismo tiempo, Rorty no parece del todo dispuesto a permi­ tir que todos los propósitos y todos los textos sean iguales, puesto que valora aquellos textos que ayudan «a cambiar los propios pro­ pósitos y, así, a cambiar la propia vida» (pág. 116). Hacia el final de su intervención, dibuja el atractfivo cuadro de una forma de crí­ tica que no sólo procesa todo lo que lee a travfi una plantilla 21 Stefan Collini conceptual estfida,fijnflexible, sino que es más bien «el resul­ tado de un encuentro con un autor, un personaje, una trama, una estrofa, un verso o un torso arcaico que ha tenido importancia para

la concepción del crítico sobre quién es, para qué sirve, qué quie­ re hacer consigo mismo: un encuentro que ha reordenado sus prioridades y propósitos» (pág. 1 16). Aquí parece ocultarse una estimulante l:icellcia para el papel de la «gran literatura», pero sigue produciendo cierto desasosiego saber cómo cosas que no tienen «naturaleza» propia, sino que sólo son descritas en formas que encajan con nuestros propósitos pueden, a veces, ofrecer resisten­ cia a dichos propósitos, una resistencia tan fuerte como para con_ : seguir re-ordenar las prioridades y los propósitos del lector. La ponencia de Jonathan Culler está en desacuerdo tanto con Eco como con Rorty. Culler ha sido un destacado exponente, y hasta cierto punto destacado defensor, de varios de los nuevos erifoques etiquetados colectivamente (no siempre de manera útil) como «teoría» en los debates metaliterarios que tanta atención han gozado en Norteamérica en años recientes5 En esta línea, su inter­ • vención defiente lo que Eco ataca como «sobreinterpretación» (a l tiempo que hace la aguda observación de que los escritos de Eco, tanto los críticos como los narrativos, indican precisamente una recurrente fascinación por esa búsqueda hermética y obsesiva de códigos secretos que critica en sus conferencias). Parte de lo que Eco estigmatiza con ese nombre, afirma, podría considerarse más bien subinterpretación. Sin embargo, de modo más general, no es 1 Véanse sobre todo La poética estructumlista, trad. Carlos Manzano, Barcelona, Anagrama, 1979; Sobre la decontrucción, trad. Luis Cremades,

Madrid, Cátedra, 1984; y Fmrning the Sign: Criticism and its Institutions, Norman, University of Oklahoma Press, 1988. 22 Introducción partidariQ_de deiar que el texto determine )a gama de preguntas qu_ e le planteamos: siempre puede hªbfir_p.reguntas interesantes sobre lo que no dice, y no es posible limitar de antemano la gama de lo que puede resultamos interesante. Contra el ataque de Eco de que la desconstrucción explota la noción de «semiosis ilimitada» (y. por lo tanto, permite interpretaciones «arbitrarias»), Culler sos­ tiene que reconoce que el sentido está limitado por el contexto (y. por lo tanto, no es, en un contexto dado, ilimitado), pero que es posible especificar por adelantado lo que puede considerarse como contexto provechoso -el contexto en sí es, en principio, ilimitado. Además, Culler sostiene que la reflexión teórica sobre cómo funcionan los textos en _g_eneral -cómo la narración consigue sus efectos, por etem_plo, o cómo cl género determina.las_.exp.e!:=tativas­ puede ser una_fuente _muy provechosa de nuevas preguntas. Es por esta razón ante todo quP CuUer na se muestra dispuesto a aceptar el consejo de Rorty de seguir _«usando» felizmente un texto, sin preocuparse demasiado por la mecánica de cómo crea sentido. En realidad, Culler afirma que «la idea del estudio literario como dis­ ciplina es precisamente el intento de desarrollar una comprensión sistemática de los mecanismos semi

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